Casiopea y la Caravana de los Crasistas

En el rincón más polvoriento del Camino Estelar, justo donde la constelación de Casiopea se inclina hacia el cielo como un trono torcido, avanzaba en cabeza una diminuta figura hecha de nuez. Todos la llamaban el mensajero cabeceador, porque en realidad todo su cuerpo era solo una gran cabeza con patitas cortas y una sorprendente capacidad de resistencia. A su lado caminaba la Gran Espíritua, una anciana llena de sabiduría titilante que llevaba su mente como si fuera una infección entre las orejas. No era peligrosa, solo molesta: a veces escuchaba ecos donde nadie hablaba y perdía sus pensamientos como otros pierden los lentes. Aun así, guiaba a la caravana con una calma tambaleante pero digna.
Detrás de ella trotaba una oveja escamosa y calva, que dejaba un rastro de copos brillantes en el espacio ingrávido. Se quejaba constantemente de la lluvia estelar, que caía rara vez pero era famosa por ser pésima para el cabello. Y para una oveja medio calva, aquello era una tragedia.
Más atrás aún, un perro hambriento y sarnoso de la cabeza olfateaba los guijarros de luz que encontraba por el camino. No estaba triste ni era peligroso: simplemente buscaba comida en la Vía Estelar, convencido de que algún cometa descuidado dejaría caer unas migas de luz.
Un día, la caravana se encontró con un carnicero cósmico, un hombre fornido que colgaba trozos rosados de luz como si fueran jamones celestes. Era famoso por “curar” fracturas de cráneo con carne cruda de lechón. No como medicina real, sino como un ritual extraño que hacía reír a sus pacientes — y, por razones inexplicables, después de eso realmente se sentían mejor.
«¿Hacia dónde viajáis?», preguntó el carnicero mientras se limpiaba las manos en un delantal que parecía una nube roja de niebla.
«Hacia donde Casiopea nos deje descansar», respondió la cabeza con su voz hueca de cáscara de nuez.
El carnicero los miró con afecto. Un grupo extraño, sí — pero valiente a su manera. «Entonces caminaré un tramo con vosotros», dijo. «En el cielo siempre hay lugar para quienes viajan juntos. Y si además son cósmicos y ni siquiera se ven a simple vista en una noche despejada, mejor todavía».
Y así siguió avanzando la caravana bajo la luz torcida de la constelación: la nuez pensante, la anciana dispersa, la oveja escamosa, el perro hambriento y el carnicero que curaba con humor. Todos imperfectos, todos importantes, todos un poco más luminosos cada noche.